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      South Dade: de la casa al campo y del campo a la casa, así viven estos migrantes en Miami

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      Imagen tomada de Google Earth.

      Estados Unidos

      South Dade: de la casa al campo y del campo a la casa, así viven estos migrantes en Miami

      Por Guillermo Rivera

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      La reja metálica que resguarda el inmenso terreno rural opera como muro fronterizo. Nadie les prohíbe salir, pero para los migrantes que habitan dentro, la valla representa un stop, un límite físico y mental.

      La zona vallada se llama South Dade Camp y quienes pasen por fuera, bordeando la carretera, dirán que es un poblado agrario más en la ciudad de Homestead, pero en realidad es una suerte de refugio o guarida para cientos de latinoamericanos indocumentados en el suroeste de Florida. Ahí hacen su vida. Afuera no hay casi nada para ellos.

      Aunque basta un recorrido de media hora en automóvil para llegar a Miami Beach, ninguno de los migrantes de South Dade Camp dará largos paseos por el malecón, donde una oferta gigantesca de restaurantes y bares al aire libre hacen los días a residentes y turistas. Tampoco habrá tarros de cerveza por 10 dólares con espectáculos callejeros a la vista, ni días de playa en trajes de baño.

      South Dade no se parece en nada al malecón de South Beach. Para los inmigrantes —casi todos originarios de México, Guatemala y El Salvador— que viven ahí, no hay ni siquiera una fugaz visita al Lincoln Road Mall: el salario es insuficiente, apenas alcanza para cubrir gastos de renta y servicios. Y más vale pasar desapercibido ante el riesgo de una deportación, una constante en su vida cotidiana. Ellos viven con miedo.

      ***

      A South Dade se ingresa por la vía Campbell Dr. En la única entrada, hay una caseta de vigilancia y un camino de asfalto rodeado de hojarasca y árboles frondosos verde oscuro.

      Esta zona campesina de la Florida está en Homestead, una ciudad dentro del condado de Miami-Dade, en el que también se localizan las turísticas Miami y Miami Beach.

      South Dade está rodeado de sembradíos, las tierras donde los migrantes cultivan frutas y verduras, naranjas y caña de azúcar, los principales productos agrícolas del estado.

      Adentro hay casas dúplex, de una planta y separadas entre sí por algunos metros, y camionetas Toyotas y Hondas estacionados. También hay un amplio campo de futbol en el que nadie juega a esta hora: una de la tarde. En la calle principal no camina nadie. No se escuchan ruidos. El lugar parece deshabitado esta tarde de finales de marzo.

      'Están en la Florida pero nadie conoce más allá de su casa o colegio'

      South Dade es propiedad federal. Oficialmente no es un "refugio" para migrantes sin documentos, pero sólo le falta el título. Aquí hay una regla básica: sólo pueden habitar familias de ingresos precarios. Otras normas no escritas son: en cada casa hay al menos cuatro hijos —algunos nacieron ahí en el propio refugio, y otros migraron de México o Centroamérica— y, por lo general, en el mismo espacio los menores conviven con sus papás, primos, tíos, abuelos. Son familias multigeneracionales.

      La autoridad no exige documentos; y quizá porque está al tanto del relevante trabajo agrícola que realizan y de su escaso ingreso, les facilita —a través del programa Low Income Housing— uno de los bungalós de unos 30 metros cuadrados, con cocina, sala-comedor, baño y dos o tres dormitorios. En esas casas, las familias se acomodan de alguna manera, y pagan una renta de 500 dólares mensuales, una cuarta parte de los 2.000 que normalmente se paga en otros lugares.

      Aquí la población es flotante. Como la renta es baja y varios comparten gastos, permanecen unos tres años, guardan dinero y después se alojan en alguna metrópoli de Estados Unidos. Buscan el anonimato.

      En Homestead hay otros tres campos agrícolas para inmigrantes: Camp Naranja, Red Land Camp y Everlade Camp. En los cuatro el patrón es el mismo: unas 300 casas y población con las mismas características. No hay cifras oficiales, pero si en una vivienda habitan ocho o nueve personas, y en cada poblado hay unas 2.500 personas, habrá unas 10.000 en total.

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      Interior de South Dade Camp. (Imagen vía Guillermo Rivera/VICE News).

      Casa-campo-casa

      Una y media de la tarde. A esta hora South Dade parece pueblo muerto, pero es apariencia. Hombres y mujeres —ambos trabajan, pues si no la economía se va a pique— están en el campo cumpliendo su jornada eterna: cultivar bajo el abrasador sol de la Florida.

      Los hijos de los migrantes no han retornado del colegio, pero ya vienen en el bus, y en menos de una hora se integrarán al after school, un servicio de dos a seis de la tarde, cortesía de organizaciones civiles, que consiste en reforzamiento académico a su frágil aprendizaje.

      Esa es la faena diaria en el suroeste floridano: casa-campo-casa, o casa-colegio y de regreso.

      El trabajo en el ejido, que va normalmente de siete de la mañana a cinco de la tarde, es demencial y, de vuelta al bungaló, se perpetúa una vieja historia: el varón llega a reposar y la mujer, que viene del mismo sitio, con idéntico cansancio, limpia la casa, atiende a los niños, prepara la comida del día siguiente. La mayoría se embarazó antes de los 15 años, especialmente las mujeres centroamericanas, pocas tienen más de 30 y casi ninguna rebasa los 40.

      El ingreso por jornada es de casi el mínimo. En Florida es de 8.10 dólares la hora y a ellos les pagan unos cuantos centavos más: 8.50, 8.75. Cuando los migrantes son contratados, agradecen la temporada del tomate porque el recurso obtenido con el tiempo extra resuelve alguna urgencia. No hay otro beneficio además del sueldo, excepto si sus hijos nacieron aquí, pues el gobierno otorga servicio médico y alimento: despensa, frutas. Si no fuera por eso, los problemas del bolsillo se multiplicarían.

      Los sembradíos están de 10 minutos a media hora de camino en camioneta. Casi todos tienen una: lo primero que hacen tras ganarse unos dólares es comprar el vehículo. Es indispensable para el trabajo. Las organizaciones civiles que ayudan en South Dade suponen que el crédito lo obtienen de manera irregular, pero no indagan de más.

      Recibir ocho dólares por hora y poseer una Toyota podría sonar a abundancia. Más si se compara a un país como México, donde más de la mitad de la población vive en pobreza y el mínimo es de unos cuatro dólares, por jornada. Pero a estos migrantes el sueldo apenas les alcanza para cubrir gastos de renta, escuela, servicios y alimento. Envían alguna ayuda a familiares. Ahorran, quizá, algún billete. Pero nada más: los precios en Estados Unidos son elevadísimos y el promedio de pago por hora en el país es de 15.6 dólares, casi el doble de su ingreso. Rentar una casa al mismo costo que en South Dade es imposible y cubrir el crédito de las camionetas toma años. A veces los deportan sin saldar la cuenta.

      Pero ellos saben que cualquier cosa es mejor que la vida en sus países, por muy pesado que la pasen en el campo.

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      Uno de los salones de clase dentro de South Dade Camp, donde los chicos reciben clases after school. (Imagen vía Guillermo Rivera/ VICE News).

      Crecen y les da pena su idioma

      "Yo les digo a todos: bienvenidos a un campo de concentración del siglo XXI. Están en la Florida pero nadie conoce más allá de su casa o colegio". Susana Sánchez es una mujer de unos 50 años, y trato cordial. Ella es la responsable académica desde hace cuatro años de una de las organizaciones civiles —El Centro Educativo de La Salle—, que otorga servicios gratuitos a los migrantes en South Dade.

      Susana, de origen cubano, conoce las jornadas laborales y familiares de los migrantes y es testigo de primera mano de las dificultades que enfrentan para entablar una charla con sus hijos porque, cuando ellos ingresan al colegio, abrazan el inglés como idioma, y poco a poco, relegan el español. El trato se quiebra.

      "Las actividades académicas en el after school son en inglés, pero tratamos de hablar en español porque en las juntas los padres confiesan que hay una barrera comunicativa cada vez más fuerte. Los pequeños crecen y les da pena su idioma", cuenta en la conversación.

      Este es el caso de una familia mexicana compuesta por mamá, papá y cinco hijos. Los tres menores nacieron en Florida y, para diferenciarse de los mayores, no dudan en gritar, cada que pueden: "Los mexicanos son ellos, nosotros somos americanos".

      'No salimos mucho porque debemos pagar unos 700 al mes de renta y gastos'.

      El ambiente solitario en South Dade cambia un poco cuando los padres retornan del campo y recogen a sus hijos del after school, a las seis de la tarde. Por ahora son las tres y, en el aula escolar de la organización dirigida por Susana, ubicada en la calle principal, una decena de niños desborda energía. Casi todos nacieron aquí y, como en sus primeros años no salieron de South Dade, aprender inglés fue un desafío. Después, no lo soltaron. Este centro recibe a unos 40 menores de entre cinco y 15 años.

      En una de las mesas, un trío de jovencitas, dos guatemaltecas y una salvadoreña, celebran su logro. Prefieren que sus nombres no aparezcan. Llegaron de sus países hace más de dos años e ingresaron al high school, sin pizca de inglés, a tomar clases de química, álgebra, geometría. Acoplarse al ámbito escolar fue arduo. Estaban a un pelo de desertar, pero el after school fue clave para que eso no pasara:

      —¡En todo el grupo sólo ocho pasamos la prueba de matemáticas! —anuncia la chica salvadoreña, sin reprimir el entusiasmo.

      Susana celebra su alegría: conoce el arrojo de los papás para que ellas no sucumbieran. De haber sucedido, la única opción hubiera sido la faena campesina. Eso pasa todo el tiempo: aquí, niños y adolescentes desertan del colegio porque, por su procedencia, son intimidados y buleados por sus compañeros. Y aunque aprendan inglés, no pasará mucho para que se retiren y contribuyan a la economía de casa.

      A 20 minutos de distancia en bus, se encuentra Mandarin Lakes, un K-12 o colegio público que tiene educación primaria y secundaria, en lo que se considera uno de los distritos académicos más deficientes en el estado de Florida. Ahí, los alumnos son latinoamericanos, blancos y, sobre todo, afroamericanos. Casi todos los niños y jóvenes de South Dade asisten en algún momento a esta escuela, pero la mayoría desertará.

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      Ana y Juan no van a otro lugar que no sea el campo, donde siembran plantas, aguacate y mamey. (Imagen vía Guillermo Rivera/VICE News).

      South Dade siempre ha sido tierra de migrantes. El campo existe desde la década de los treinta, y al principio era habitado por caribeños, sobre todo de Jamaica y Haití, que venían a trabajar la caña de azúcar. En los sesenta, fueron desplazados por mexicanos de los estados fronterizos y tres décadas más tarde arribaron migrantes de Michoacán, Guerrero y Oaxaca (este y suroeste mexicano). La presencia centroamericana se intensificó hace apenas un lustro.

      Todos los salvadoreños y guatemaltecos en South Dade son víctimas del desplazamiento forzado. En cuanto pudieron, familias completas huyeron de la violencia o, en específico, de la Mara Salvatrucha: las pandillas fuerzan a los varones a unirse a sus filas para incrementar su lucrativo negocio de extorsiones. Si se resisten, mueren. No hay puntos medios. Los mexicanos están aquí, sobre todo, por pobreza, cero oportunidades.

      Es difícil ver a un guatemalteco sonreír. Para ellos, llegar aquí fue un milagro y su rutina consiste en trabajar hasta morir. La violencia en sus países los marcó para siempre. Por eso Susana Sánchez lo tiene claro: "En el trabajo con los niños, el refuerzo académico es el pretexto para reforzar el crecimiento humano. Todo el tiempo trabajamos valores, por ejemplo, saludar. Parece insignificante, pero si saludas, alguien ya te miró. Estos niños, los centroamericanos sobre todo, no están acostumbrados a decir: 'hola', 'ya me voy'. Tratan de no existir. Hay que abrirlos a tiempo, quizá podrán aspirar a más".

      Estamos en el limbo

      Jairo cruzó la frontera a los 16 años, días después de que acribillaran frente a él a dos de sus amigos en San Miguel, El Salvador. "Mañana es tu turno", le advirtieron. Por eso huyó de las pandillas, de los "si no te unes, mueres".

      Para rescatarlo, sus padres, residentes de South Dade, transfirieron al pollero 10.000 dólares que consiguieron en menos de 24 horas con ayuda de familiares y vecinos. Qué importaba endeudarse. Migración detuvo a Jairo en Texas, lo encerró con otros menores, llamó a la familia y a los pocos días se encontraron. Llegó a Homestead en 2015 y se incorporó al high school. Sin idea de inglés, el bullying extremo acabó con sus aspiraciones, dejó el colegio y se fue al campo a sembrar aguacate.

      El reloj marca las cinco de la tarde. Afuera de su casa en South Dade, Ana y Juan, ambos de unos 40 años, cuentan que su hijo aguantó varios meses las agresiones de sus compañeros. Un día asesinaron a uno de los alumnos de la escuela y el joven no pudo más: ahora se enfrentaba a otra violencia. En cuanto cumplió 18 años, Ana fue a matricularlo a uno de los centros para que aprendiera inglés.

      Este matrimonio dijo adiós a su tierra por la pobreza. Él se fue en el 95 y cuatro años más tarde ella lo alcanzó. En el 2001 recibieron del gobierno estadounidense un asilo humanitario de estancia legal que renuevan cada 18 meses, pero la nueva administración de Donald Trump los mantiene titubeantes. "En Migración ya nos dijeron que no se sabe si podremos renovar el año siguiente. Los activistas pelean, pero estamos en el limbo", dice Ana. La deportación es una amenazadora posibilidad.

      'Nosotros no sabemos inglés, desde que llegamos nos hemos dedicado a trabajar'.

      Otro hijo de la pareja, de 21 años, llegó en noviembre pasado de manera legal. Cuando Jairo arribó, sus vecinos informaron a la familia que existía un programa de salvaguardo para los hijos de quienes cuentan con refugio. Ana realizó la solicitud. Ayudó que el muchacho también padecía las presiones de las pandillas en El Salvador para unírseles.

      Ana solicitó refugio para Jairo y el proceso, aunque tardado, va por buen camino, pero tiene un pendiente: el mayor de sus hijos tiene 23 años, sigue en San Miguel y las Maras ya intentaron reclutarlo. Está casado y tiene una hija. Intentó cruzar la frontera, lo detuvieron, contó su caso pero lo deportaron porque "no calificaba" para recibir asilo. Sus papás le compraron una camioneta para que se ganara la vida con el traslado de personas del cantón donde vive, Los Planes Primero, a la ciudad. Pero las pandillas, atentos siempre a la prosperidad, impusieron una cuota mensual de 40 dólares.

      Ana y Juan no van a otro lugar que no sea el campo, donde siembran plantas, aguacate y mamey. Ella cobra 8.50 dólares la hora, él 10. "Nos pagan menos a las mujeres", murmura Ana. "No salimos mucho porque debemos pagar unos 700 al mes de renta y gastos", comentan y anuncian que ya tomaron una decisión: aunque su permiso de estancia legal se cancele, no van a regresar a un país donde se paga cinco dólares por jornada. "Allá se pasa hambre. Aquí se sufre en el trabajo, la vida es dura, pero hay mejor alimento", exponen. Su hija de 11 años nació en South Dade y saben que en El Salvador no tendrá futuro.

      Al final, acceden a ser fotografiados de manera anónima. "Nosotros no sabemos inglés, desde que llegamos nos hemos dedicado a trabajar", indica Juan. Dentro de la casa observo un cuadro con fotografías de quinceañeras, graduados y una familia sonriente. Sus hijos sí quieren ir a la universidad, señalan, pero eso significa dinero. Ana y Juan piensan que no ocurrirá.

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      Las actividades académicas en el after school son en inglés (Imagen vía Guillermo Rivera/VICE News).

      Condado hispano

      Cuando logran ahorrar algunos dólares, lo habitantes de South Dade se mudan a alguna de las ciudades santuario en Estados Unidos, llamadas así por practicar políticas que limitan su colaboración con Migración: Nueva York, Chicago, San Francisco o Los Ángeles.

      Al inicio de su mandato, Donald Trump firmó una orden ejecutiva para despojar a estas ciudades de ayudas financieras, si se negaban a cooperar con agentes federales a la deportación de migrantes indocumentados.

      A Miami se le consideraba integrante de este solidario grupo pro migrantes, pero hace poco dio un revés: mientras varios alcaldes de las santuario rechazaron la medida de castigo de Trump y refrendaron el apoyo a los migrantes indocumentados, sólo uno, en todo Estados Unidos, anunció que acogía la orden: Carlos Giménez, el alcalde del condado de Miami-Dade, cuya sede está en Miami. Este hombre de 63 años, nacido en La Habana, Cuba, y ciudadano estadunidense desde 1975, ordenó a la policía local detener a personas sin documentos y exigió a las cárceles del condado detenerlas. "Es una decisión correcta", tuiteó Trump.

      Con ello, y pese a los reclamos de activistas, puso fin a la postura santuario de Miami. Los defensores de los derechos humanos están molestos porque las cifras revelan la configuración de Miami-Dade: según el censo de Estados Unidos, en 2016 vivían 2.7 millones de personas y el 67 por ciento era de origen hispano.

      Mientras los activistas se preguntan qué pasará con los indocumentados, un estudio publicado en el 2016 por el Pew Research Center, una organización dedicada a la investigación sobre asuntos de política social, informa que en todo Estados Unidos hay 11.1 millones de personas sin documentación de residencia: 525.000 guatemaltecos, 700.000 salvadoreños y 5.8 millones de mexicanos, entre otras nacionalidades. Y agrega que los estados donde los latinos indocumentados tienen mayor presencia son: California (2 millones 350 mil) y Texas (un millón 650 mil). El tercer lugar lo ocupa la Florida, con 850.000.

      Los aliados

      Los vecinos en South Dade prefieren no identificarse y menos responder preguntas a un extraño. Pero son corteses y cuentan que, para ellos, cualquier espacio fuera de la valla "es inseguro", tanto, que aunque la tienda de "los árabes" dentro de South Dade duplique los precios, prefieren comprar ahí y no salir.

      También se animan a comentar que, los sábados por las mañanas, los mexicanos improvisan un mercadillo sobre la acera en un punto medio entre los cuatro campos: venden conservas, salsas, maletas, zapatos, pantalones. ¿Dónde obtienen esa mercancía? Nadie pregunta, lo importante es que los precios son accesibles. ¿Los autoridades lo saben? Seguramente, pero reconocen que la agricultura en la Florida, en buena parte, va para adelante gracias a los migrantes indocumentados. No los tocan.

      Quizá por eso, en cuatro años, la policía sólo ha ingresado a South Dade en dos ocasiones: cuando una niña se ahogó en una piscina de plástico mientras sus papás estaban en el campo y cuando un artefacto de la base área cercana cayó en la zona.

      Si hay deportaciones diarias es porque Homestead está integrada por dos poblaciones: latinos y afroamericanos, y el nivel delictivo de los segundos, indica Susana Sánchez, es elevado. Cuando asaltan gasolineras se generan operativos policiacos en los semáforos. Si un indocumentado pasa por ahí, probablemente no regresará a su casa.

      Pero en South Dade, los migrantes tienen aliados. Organizaciones de corte religioso, que operan con donativos o recursos federales, apoyan a las familias con otros servicios además del after school: costura, alfabetización, cursos básicos de inglés y computación. Los adultos aprenden a llenar el formulario de un cheque, o a presentarse en el colegio de sus hijos. Cada paso requiere semanas, no todos los logran.

      Susana Sánchez cuenta que la organización que dirige, el Centro Educativo La Salle, atiende a unas 300 personas al año. Surgió tras la Revolución cubana, cuando decenas de alumnos graduados de esa universidad, médicos e ingenieros, migraron a Estados Unidos. Hace casi tres décadas, esos profesionistas se enteraron de la miseria en que vivían los indocumentados en el sur de la Florida e instituyeron el centro en South Dade.

      Susana, profesora desde hace 40 años, era asesora en el Ministerio de Educación cubano y cuando migró a la Florida se hizo cargo de la organización, cuyos fundadores ahora son jubilados octogenarios. Su bonanza ya pasó, pero aportan lo que pueden.

      Las aulas donde se imparte el after school son multigrados: en una mesa, un niño resuelve ejercicios de álgebra y otro de química. Cuatro maestras, dos de ellas voluntarias de México, los asesoran. La falta de recursos impide que se inaugure otro salón o se contrate otro profesor. Aunque hay una buena noticia, celebra Susana: unos 15 mexicanos exhabitantes de South Dade mejoraron su estatus, con extremo esfuerzo y empuje de la organización, y ahora aportan tiempo, recursos. Ese es un alivio. Pero son casos excepcionales, indica, "la mayoría no escapa de la pobreza".

      El consulado mexicano también realiza servicio comunitario. Asesora a los migrantes, a través de las organizaciones, para que los dueños de los campos, todos estadunidenses, no paguen menos del mínimo. En temporadas bajas el cobro puede ser hasta de 4.50 la hora, pero ellos se dan por bien servidos. Mejor eso que nada.

      ****

      Son las siete de la noche y es hora de partir de South Dade. El conductor de Uber es cubano y cuenta que, aunque vive desde hace cuatro años en la Florida, no sabía que este poblado agrario estaba aquí. Pocos lo saben, "no lo esperas de Miami". Un refugio a cambio de trabajo. Un refugio que parece invisible, pero existe. Existe y seguirá existiendo pese a la administración de Trump.

      Sigue a Guillermo Rivera en Twitter: @riveravazg

      Sigue a VICE News En Español en Twitter: @VICENewsEs


      Temas: miami, centro educativo la salle, estados unidos, miami beach, méxico, migración, derechos humanos, trabajo, south dade camp, homestead, florida

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